La alquimia de la no-resistencia
Cuando el cuerpo dicta el reposo
Hay días en los que el diseño simplemente se ordena solo. Sin empujar. Sin esa exigencia mental que nos susurra que deberíamos estar haciendo algo productivo para justificar nuestra existencia.
Hoy es uno de esos días.
Esta reflexión nace de practicar la no resistencia en un momento en el que la mente quiere controlar, pero el cuerpo pide reposo.
Mientras escribo esto, en mi cocina sucede un pequeño milagro en tres actos.
En un rincón, ocho litros de agua de mar se transforman lentamente en ORMUS. Una nube blanca que precipita sin que nadie la obligue.
En otro, mi masa madre despierta de su letargo en la nevera. Se activa, respira, sube. No porque la empuje, sino porque está lista.
Y en el centro de todo, yo.
Permitiéndome el “lujo” de no hacer nada más que estar.
El cuerpo entiende antes que la mente
Mi proceso de esta semana me lo susurró con claridad:
Este tramo no viene a exigirte. Viene a devolver fluidez donde hubo contención.
Mi mente, adicta al control, buscaba una tarea. Algo que hacer. Algo que optimizar. Algo que demostrar.
Mi cuerpo, sin embargo, me pidió sentarme frente a una serie —The Chosen— y escuchar palabras de hace dos mil años que hoy resuenan con una actualidad incómoda.
Y fue ahí donde algo encajó.
Jesús no envía a sus discípulos con garantías.
No les promete techo.
No les asegura comida.
Los envía en parejas.
Sin bolsa.
Sin provisiones.
Con presencia.
Mientras veía esa escena comprendí algo profundamente personal:
Yo también he caminado sin garantías.
He tomado decisiones que no se justifican desde la seguridad, sino desde la coherencia.
El 1 de junio es una puerta.
Y ya tengo la llave.
Doce mil euros invertidos no en seguridad, sino en espacio.
Espacio para escuchar.
Espacio para ordenar.
Espacio para que lo que tenga que decantar… decante.
Enviados sin garantías
Jesús no envía a sus discípulos con garantías.
No les promete techo.
No les asegura comida.
Los envía en parejas.
Sin bolsa.
Sin provisiones.
Con presencia.
Y mientras veía esa escena comprendí algo profundamente personal: yo también he caminado —y estoy caminando— sin garantías. He tomado decisiones que no se justifican desde la seguridad, sino desde la coherencia y una fe inquebrantable en mi proceso.
El 1 de junio es una puerta. Y ya tengo la llave.
Doce mil euros invertidos no en seguridad, sino en espacio.
Espacio para escuchar.
Espacio para ordenar.
Espacio para que lo que tenga que decantar… decante.
Decantar no es rendirse

Hacer ORMUS es un ejercicio de paciencia.
No puedes forzar al mineral a bajar al fondo del frasco.
Él decide cuándo decantar.
No puedes obligar a la masa madre a subir antes de tiempo.

Intentar acelerar el proceso solo rompe la estructura.
Y lo mismo ocurre con nosotras.
¿Cuántas veces hemos intentado acelerar nuestra propia sanación?
Forzando una gratitud que no sentíamos.
Tomando decisiones antes de estar listas.
Exigiéndonos luz cuando todavía atravesábamos sombra.
La no resistencia no es pasividad.
Es inteligencia orgánica.
Es saber cuándo el movimiento correcto es detenerse.
Romper el programa del miedo
Durante años creí que mi valor dependía del esfuerzo constante.
De la productividad.
De la validación externa.
Hoy veo con más claridad que ese era el verdadero programa:
el miedo disfrazado de responsabilidad.
Mi camino difícil —ese del que Jesús advierte a los suyos que no será fácil— no fue un castigo. Fue preparación del terreno. Autólisis. Transformación invisible.
Estoy rompiendo el registro que me hizo creer que solo valía cuando producía.
Mi valor depende de mi esencia. Y mi esencia hoy me pide pan, silencio y frecuencia azul turquesa.
Hay momentos en los que la vida te obliga a elegir entre seguridad y verdad.
Yo he elegido verdad.
No lo veo todo aún.
Pero ya no estoy donde estaba.
Y eso, para mí, ya es movimiento.
La suavidad también abre puertas

El 1 de junio es una puerta. Y ya tengo la llave.
Pero esa llave no se gira con fuerza bruta: se gira con la suavidad de quien sabe que, cuando el sistema se ordena, todo emerge solo.
Hoy no soy esclava de la rueda.
Soy la jugadora que elige su movimiento, mientras el pan sube y el mineral descansa.
No lo veo todo aún.
Pero ya no estoy donde estaba.
Y eso, para mí, ya es movimiento.




